21 de junio de 2010

Obrigado, José Saramago


José Saramago ha sido uno de mis autores preferidos desde que leí El año de la muerte de Ricardo Reis (1984). Luego vendría El evangelio según Jesucristo (1991), una novela deslumbrante cuya lectura siempre he recomendado. Despues, tantas novelas memorables hasta llegar a Caín, que comenté hace pocos meses en este blog.

Supongo que El evangelio según Jesucristo y Caín estarían bien presentes en la mente del articulista asalariado del Vaticano que aprovechó la muerte de Saramago para cargar contra él con manoseados tópicos, trasnochados argumentos y nula elegancia. Debería la Iglesia Católica Apostólica Romana, cada vez más alejada de la realidad social, dedicar con humildad sus esfuerzos críticos a analizar su recorrido histórico y su propia actuación, aunque sólo fuera durante el siglo XX.

Predicó Saramago el respeto con la misma fuerza que denunció la barbaridad y el horror cometidos en nombre de cualquier religión, de cualquier dios. El Vaticano se sintió aludido. Por algo será. Entre la prepotente intolerancia de la Iglesia y la lúcida mirada de Saramago tengo clara mi elección.

Se ha repetido que el mejor homenaje que podemos hacer a Saramago, a cualquier autor, es leer sus obras. Estoy de acuerdo. Aquí va mi recuerdo. La elección de este fragmento de El evangelio según Jesucristo no es casual.

Entonces volvió Jesús lentamente el rostro hacia ella y le dijo, No conozco mujer. María le tomó las manos, Así tenemos que empezar todos, hombres que no conocían mujer, mujeres que no conocían hombre, un día el que sabía enseñó, el que no sabía aprendió, Quieres enseñarme tú, Para que tengas otro motivo de gratitud, Así nunca acabaré de agradecerte, Y yo nunca acabaré de enseñarte.

María se levantó, fue a cerrar la puerta del patio, pero primero colgó cualquier cosa por el lado de fuera, señal que sería de entendimiento para los clientes que vinieran por ella, de que había cerrado su puerta porque llegó la hora de cantar, Levántate, viento del norte, ven tú, viento del mediodía, sopla en mi jardín para que se dispersen sus aromas, entre mi amado en su jardín y coma de sus deliciosos frutos. Luego, juntos, Jesús amparado, como antes hiciera, en el hombro de María, prostituta de Magdala que lo curó y lo va a recibir en su cama, entraron en la casa, en la penumbra propicia de un cuarto fresco y limpio.

La cama no es aquella rústica estera tendida en el suelo, con un cobertor pardo encima que Jesús siempre vio en casa de sus padres mientras allí vivió, éste es un verdadero lecho como aquel del que alguien dijo, Adorné mi cama con cobertores, con colchas bordadas de lino de Egipto, perfumé mi lecho con mirra, aloes y cinamomo. María de Magdala llevó a Jesús hasta un lugar junto al horno, donde era el suelo de ladrillo, y allí, rechazando el auxilio de él, con sus manos lo desnudó y lavó, a veces tocándole el cuerpo, aquí y aquí, y aquí, con las puntas de los dedos, besándolo levemente en el pecho y en los muslos, de un lado y del otro. Estos roces delicados hacían estremecer a Jesús, las uñas de la mujer le causaban escalofríos cuando le recorrían la piel, No tengas miedo, dijo María de Magdala.

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